El pescado se pudre por la cabeza

Hace unos días la Pontificia Universidad Católica Argentina organizó una Jornada de homenaje a la persona y la obra de Arturo Enrique Sampay, a la que fui invitado gentilmente. Se asoció a ella la Asociación Argentina de Derecho Constitucional, por ser el entrerriano un distinguido constitucionalista, fautor principalísimo de la reforma de Perón en 1949.

Uno de los participantes, que funge de filósofo, se ha encargado de difundir una colección de vituperios e injurias a los que tomamos parte del evento, denigrándonos en nuestras condiciones morales y rebajándonos en las capacidades intelectuales. Todo, porque o no le gustó el contenido de las exposiciones o no se acomodaron a su particular modo de entender el aporte de Sampay a nuestro acervo histórico, filosófico y político.

No voy a asumir la defensa, propia o ajena, contras las agresiones divulgadas por ese eterno comenzante («arkegueta», como a sí mismo gusta llamarse). No. Voy a proponer unas reflexiones algo más generales sobre la decadencia de la intelectualidad argentina motivadas por la soberbia, la impiedad intelectual, la mala fe y la insultante verba de este detractor.

Así como todo gobernante necesita estar esclarecido en el bien común, todo aquel que se dedica al oficio de pensar –el llamado intelectual- debe estar esclarecido en la verdad de su ciencia y de todas las ciencias: las verdades y la Verdad. Cuando el gobernante antepone los intereses particulares al bien común, es mal gobernante, se vuelve ilegítimo y pierde la razón de ser. Cuando un intelectual pone sus propias pasiones, sus miras mezquinas, sus cerrojos intelectuales, delante de la Verdad y las verdades, pierde la autoridad, si alguna vez la tuvo. Y no tiene ya razón de ser. Se corrompió. Se vuelve un matón, que es el paralelo del tirano en política.

Podemos matizar, es cierto. Entre los intelectuales el disentir es más común que en el oficio del gobernante, porque es raro que alguno de aquellos tenga la última palabra, la decisiva. También el ambiente intelectual necesita de una libertad que muchas no se presenta al político, obligado por las circunstancias. Más aún: el gobernante ejerce un oficio práctico en el que la voluntad es ordenada por la razón que comprende el bien a realizar; el intelectual, en cambio, tiene una tarea predominante racional que consiste en decir las verdades y la Verdad. Comúnmente suele decirse que el político hace y el intelectual dice.

Pero que la tarea intelectual sea así no importa absoluta licencia. Este oficio, además de tener los límites propios de cada ciencia, tiene también (como el político) los de la moral. Así, no se puede pensar cualquier pavada ni decir cualquier gansada. Y si es necesario corregir el error, debe hacérselo con respeto del que ha errado. El insulto, la injuria, los argumentos ad hominem rebajan más al que los usa que a aquel a quien se dirigen. Pero ensucian también a éste.

Podría creerse que describo lo que pasa en otro país, no en el nuestro; o que dibujo males comunes y que por no ser solamente nuestros, poco han de preocuparnos. Sin embargo, esa Jornada me sirvió para darme cuenta que los males entre nosotros tienen una gravedad pocas veces advertida. Si ya es ordinaria costumbre que la prensa y los medios de comunicación oficien de detractores de quienes piensan de otro modo, recurriendo a exabruptos, escarnios y mofas; si la misma costumbre se observa entre los políticos que ofician de opinadores profesionales, ¿por qué sorprenderse que tales hábitos se hayan difundido entre los intelectuales, en ambientes académicos y ámbitos universitarios?

Descalificar a un colega por avejentado y latoso; enjuiciar a otro por decidor de naderías; calificar al restante de mamarracho; y decirlo todo con un elevado desprecio, una grosería propia de un hincha fanático, un desconocimiento de la obra de los colegas que raya con supina ignorancia; todo eso y mucho más ocurrió durante aquella Jornada y después de ella. Y el «arkegueta» no ahorró palabrejas hediondas para referirse a la Universidad que lo recibió o para el CONICET que alguna vez, me dicen, lo contó entre los suyos.

Si la decadencia intelectual en la Argentina se palpaba todos los días en la calle o en la televisión, hoy ha ganado nuevos aposentos: las universidades y los ámbitos científicos. No soy un ingenuo que no sepa de la decadencia de ellas; treinta años de docencia universitaria y otros tantos de investigador del Consejo Nacional me han permitido llevarle el pulso a la crisis, vivirla al día. Pero confieso que jamás presencié tanto descaro y tanto ultraje; tanta soberbia y, al mismo tiempo, tanta cobardía.

Hace rato que el país carece de intelectuales en serio. Los grandes pensadores nacionales se han muerto, o no escriben, o no piensan. Vivimos una época de intelectuales liliputienses, de verdaderos enanos incapaces de treparse a los hombros de aquellos gigantes. Esos pequeños irreductibles, disfrazados de «arkegueta», confunden la refutación con el vituperio, el control de la verdad con la policía intelectual; para ellos, la disidencia es motivo de insulto, cuando no de despido. Generosamente nos regalan un ambiente en la que hay libertad para todo menos para la sinceridad del intelectual; en el que los argumentos castran la inteligencia, y la mejor respuesta a la replica es desoírla, sino mentir o insultar de arriba abajo al replicante. Es la corrupción de la inteligencia aliada a la corrupción del poder.

Entonces, la guaranguería –que algunos han oído hasta en los púlpitos- oficia de honestidad; la mentira se viste de docencia popular; el silenciamiento del opositor de legítima defensa contra el indocto. ¿Y la Verdad? Bien…, bien oculta entre los improperios, la censura, la mendacidad. La Biblia junto al calefón, el intelectual fungiendo de «arkegueta».

Se sabe que “el pescado se pudre por la cabeza”. Lo saben el pescador y el pescadero, el ama de casa y el viandante. Pasa en la política y pasa en la universidad. Los argentinos, ¿lo sabemos? Así estamos. Bien podridos.